viernes, 21 de agosto de 2015

Monastrell: la uva española descubierta en Francia

Jumilla
No, no es que los franceses descubrieran por primera vez esta variedad autóctona del sureste español, claro que no. En España hace siglos, quizá milenios (se cree que la introdujeron los fenicios) que cultivamos y conocemos la Monastrell. Pero la conocíamos como uva para vinos de granel, uva despreciada como de escasa calidad. Y tuvieron que venir de Francia para enseñarnos todo el potencial que podía extraerse de esta olvidada uva nuestra.

Una uva viajera y con varios nombres
La Monastrell es una variedad típica principalmente de las zonas de Yecla y Jumilla, en Murcia, aunque también la encontramos en otras zonas del levante español. Fue una uva que “emigró” rápidamente a tierras francesas: en fechas tan prematuras como finales del siglo XVI, la Monastrell fue introducida en la Provenza, al sur de Francia, con el nombre de “Mourvèdre”. Hoy en día bastantes vinos franceses y algunos de otras procedencias (California, Australia…) se elaboran con Mourvèdre, variedad que mucha gente supone francesa, cuando en realidad se trata de la humilde y largo tiempo denostada Monastrell española.

Sin embargo, tampoco en el país galo esta uva lo tuvo fácil. Rebautizada como Mourvèdre a partir del antiguo nombre en valenciano de Sagunto (Morvedre), por ser probablemente el puerto desde el cual partió esta uva hacia el norte, la Monastrell fue cultivada y vinificada en Francia durante siglos, pero nunca llegó a destacar. Al igual que ocurría hasta hace relativamente poco con nuestros Jumillas, con ella se elaboraban vinos rústicos, recios y potentes, vinos de mesa baratos y de escasa calidad. Quizás por suavizar un poco esa potencia y aspereza típica de los vinos jóvenes de esta variedad, en tierras francesas tendían a producirse más bien rosados con ella, pero sin destacar tampoco en ningún sentido.

El redescubrimiento
Tanto era así que, a mediados del siglo XX, el cultivo de Monastrell o Mourvèdre en la Provenza francesa había pasado a ser poco menos que testimonial. Hasta que, en los años 40, apareció Lucien Peyraud, el “redescubridor” de la Mourvèdre-Monastrell, quien empezó a experimentar en la bodega Domaine Tempier envejeciendo en roble los vinos elaborados con esta variedad. Y entonces se dio cuenta del enorme potencial para el envejecimiento que tenía esta humilde uva. Con el paso de los años, el vino elaborado con Monastrell iba moderando su potencia inicial para ganar en finura y complejidad, hasta no tener nada que envidiar a los clásicos grandes vinos franceses.

Casi al mismo tiempo, otro viticultor galo, Jacques Perrin, experimentaba en la región del Ródano con distintos “coupages” (mezclas o ensamblajes) de variedades para mejorar sus vinos, en los que la Garnacha (otra variedad de origen español) era la uva predominante. En el curso de estas experimentaciones, dio con la Monastrell, y quedó enamorado del resultado. Parece ser, por cierto, que en este caso la uva utilizada no procedía de los antiguos viñedos de Mourvèdre que se empezaron a implantar por la Provenza en los siglos XVI y XVII, sino de unas viñas de un exiliado español, que las había plantado a partir de unos esquejes traídos consigo al final de la Guerra Civil.

Y llegó Parker…
Llegaron los años 80, y apareció “el gurú de los vinos”, el norteamericano Robert Parker. En sus análisis de vinos franceses, uno de los vinos de la familia Perrin, elaborado con un coupage dominado por la Monastrell, logró la mítica cifra de los 100 puntos. El no va más. La Monastrell había ascendido hasta lo más alto de la élite de la enología mundial. Y no fue un caso aislado: los vinos de Château de Beaucastel, la bodega de la familia Perrin, repitieron los 100 puntos Parker en las publicaciones de 1989, 1990 y 1998.

La Monastrell, o la Mourvèdre, saltó a la fama de repente. La uva olvidada aparecía en todas las publicaciones, y por todos los rincones del planeta, los viticultores se fijaban en ella. Por entonces, en España los vinos baratos de Jumilla elaborados con Monastrell se disputaban las mesas con manteles de plástico de los restaurantes de menú del día…

Pero la Monastrell levantina no sólo había llegado a Francia: en el siglo XIX, y partiendo de tierras galas, esta uva había llegado también a los viñedos de California y Australia, donde, al igual que en los demás lugares, era considerada una variedad menor… hasta que llegaron Parker y sus 100 puntos. Desde entonces, también por aquellas lejanas tierras empezó a trabajarse para dedicarle a esta uva la atención que requería para obtener de ella buenos vinos. Por cierto, que de nuevo esta variedad demuestra su afición al cambio de nombres, y su apego a ser conocida por su lugar de procedencia: si en Francia se la apodó Mourvèdre por su origen “Morvedrés” o “Saguntino”, en Australia y California es a menudo conocida como “Mataró”.

El panorama español
Lógicamente, España, origen y principal productora de esta uva (el 80% de la superficie de cultivo mundial de esta variedad está aún en nuestro país) no podía permanecer ajena a este revuelo. Pero crear grandes vinos en una zona hasta entonces ajena a ello no era tarea fácil, y conseguirlo requeriría un tiempo.

Poco a poco, y con esfuerzo, la situación empezó a cambiar. En los años 90, de esas regiones tradicionalmente dedicadas al granel y los vinos de mesa, empezaron a salir algunos buenos vinos elaborados con Monastrell. Era el primer paso: empezar a producir buenos vinos. El segundo, vencer la resistencia de un consumidor que históricamente había asociado los vinos de la zona a vinos baratos de baja calidad.

Así las cosas, tendría que llegar el nuevo milenio para que, poco a poco, la Monastrell empezase a ser algo conocida en nuestro país, y para que las denominaciones de origen de Jumilla, Yecla o Alicante empezaran a quitarse el sambenito de “vinos malos”. Una tarea que aún está lejos de concluir, y no sólo para estas zonas vinícolas, pues aunque el aficionado ya sabe que hoy en nuestro país se elaboran grandes vinos en cualquier parte y sabe también que el sello de la denominación de origen cada vez significa menos, el consumidor medio aún vive en muchos casos apegado al rioja-ribera para los tintos, y el rueda-albariño para los blancos. En cuanto a divulgación interior y exterior de nuestros vinos, todavía queda muchísimo camino por recorrer.

Descubre la Monastrell
Viña al lado de la casa
Poco a poco, la Monastrell española y los grandes vinos que están siendo elaborados con ella, está logrando su reconocimiento a nivel nacional y mundial. La verdad es que la historia de su “redescubrimiento” nos recuerda a la que contábamos en este mismo blog hace algún tiempo, en relación con la Sumoll. Uvas antiguas, consideradas como “inferiores”, con las que hoy se hacen grandes vinos.

¿Y tú, has descubierto ya la “revolución Monastrell”? Si no lo has hecho, permítenos que te recomendemos este “Viña al lado de la casa”. Un fantástico vino de Yecla elaborado con predominio de Monastrell, complementada con Cabernet Sauvignon, Syrah y Tintorera, y envejecido durante 13 meses en barricas de roble francés. Un gran vino, complejo, aromático y con cuerpo, que en Delicias Ibéricas puedes conseguir a un precio excepcional, con un descuento de más de 2 euros con respecto a su precio de venta habitual.

Y si prefieres probar un monovarietal de Monastrell, joven con 6 meses de crianza, puedes decantarte por Hécula, un buen representante de cómo también esta uva puede dar lugar a vinos jóvenes afrutados y agradables de beber.

O también puedes optar por Solanera, segundo mejor vino del mundo por relación calidad-precio para Robert Parker en 2015. Un vino de Monastrell, Cabernet Sauvignon y Garnacha Tintorera con 10 meses de barrica.

Tres magníficos vinos de Bodegas Castaño, artífice de la "revolución Monastrell" en nuestro país. ¿A qué esperas para probarlos?

miércoles, 12 de agosto de 2015

Helado de manzana asada al ron con higos en almíbar

Este verano, aprovechando que pasábamos por Girona, hemos querido probar los helados de Jordi Roca, el famoso repostero del aclamado Celler de Can Roca. Así que nos pasamos por su pequeña heladería en el centro de la ciudad, Rocambolesc. Un local muy pequeñito y que casi pasa desapercibido (si no fuera por los turistas degustando helados que lo rodean por el exterior), casi decepcionante cuando lo ves… aunque “cuco”.

En fin, el caso es que probamos los helados. Están ricos, sin duda, pero, la verdad, tampoco esperéis algo tremendamente espectacular. Es una buena heladería artesana, con algún que otro toque original (especialmente, la posibilidad de añadir al helado diferentes “toppings”), pero tampoco me pareció especialmente deslumbrante; simplemente al nivel de otras buenas heladerías artesanas (algo más cara, como se podía esperar, aunque asequible).

Personalmente quise probar el que sin duda es su producto más original: su bollo caliente relleno de helado, un producto para el cual han desarrollado un proceso de elaboración que permite mantener el helado de su interior frío mientras se calienta el bollo o panecillo que lo envuelve. La verdad es que el resultado está rico y el contraste de temperaturas es muy curioso, aunque lo peor es que al comerlo a mordiscos, lo devoras en un pispás :-)

Bueno, pues el caso es que para rellenar este panecillo caliente elegí uno de los sabores que más me llamaba la atención: el helado de manzana asada. Era un sabor con el que no me había topado hasta entonces, y debo reconocer que me encantó. Así que, una vez de vuelta en casa, me puse a investigar para intentar reproducirlo… y permitidme que os diga que, quizás sea “amor de madre”, pero el resultado me ha gustado aún más que el helado de Jordi Roca: ¡está simplemente delicioso!

Para mi versión, decidí añadir un poquito de licor a las manzanas mientras se asaban, y elegí un buen ron negro. Además, decidí ponerle un pequeño toque de canela. Y, por último, elegí unas manzanas ligeramente ácidas: las Granny Smith. Pues bien… no sé si ha sido suerte, intuición, o qué, pero la combinación de sabores, aromas, dulzor y acidez es sencillamente ¡espectacular! ¡Qué helado más maravilloso!

Y si ya queréis rizar el rizo y preparar con él un postre de altura (su presentación no será como los del Celler de Can Roca, pero su sabor seguro que no desmerece), acompañadlo con unos cuantos de estos exquisitos higos en almíbar. Se me saltan las lágrimas…


¿Qué, os animáis a preparar este delicioso helado en casa? Es cierto que requiere algo más de elaboración que otros helados, al tener que preparar con antelación las manzanas asadas, pero os aseguro que el esfuerzo bien lo merece. Una verdadera delicia.

Os dejamos la receta detallada en el blog del Aprendiz de Heladero. Y para el acompañamiento de higos en almíbar, ya sabéis que no tenéis más que pedirlos a Delicias Ibéricas: son higos ecológicos del Valle del Tiétar elaborados de forma totalmente artesana y natural. ¿Cómo no iban a estar buenos…?

¡A seguir disfrutando del verano!

jueves, 6 de agosto de 2015

Vino rosado: el rey del verano

Por alguna extraña razón, en España no le damos al vino rosado la importancia que merece. Parece como si muchos lo considerasen un vino de segunda categoría, de menor calidad, casi equiparable al “tinto de verano” o vino con gaseosa. Mientras en otros países, como Francia, el rosado gana cada vez más adeptos y se considera “un señor vino” en todos los sentidos, por aquí su consumo es poco menos que testimonial. Una pena, porque no sólo tenemos algunos estupendos rosados, sino que, además, éste es un vino ideal para disfrutar en nuestros calurosos veranos. En cierto modo es curioso que, gustándonos tanto la sangría (bueno, últimamente parece que les gusta más a los turistas extranjeros que a los propios nacionales), no consumamos más este aromático, fresco y afrutado vino que es el rosado.

Bien es cierto que durante años se han hecho es España malos rosados, pero es que durante años en España se han hecho malos vinos, a secas. Hasta hace relativamente poco, éramos el país del vino a granel, del vino “de garrafón”, vino abundante y barato, pero de escasa calidad. Y también es cierto que quizás el rosado ha sido el más olvidado por los bodegueros a la hora de ponerse a elaborar buenos vinos: tenemos hoy día muchísimos grandes vinos tintos y blancos en España, pero los rosados cuesta encontrarlos. Llegados a este punto es difícil decir si no se consumen porque la oferta es pequeña, o si la oferta es pequeña porque no hay demanda…

Pues bien, permitidnos que hoy salgamos aquí en defensa del vino rosado. Porque un buen rosado no es, ni muchísimo menos, un vino inferior: es, simplemente, un vino diferente. Un vino que, si es de calidad, puede disfrutarse tanto como un buen blanco o tinto, todo depende del momento y del maridaje.

El rosado es un vino joven, muy afrutado, ligero… ideal para estos calurosos días de verano, porque se toma fresco y es ideal para acompañar comidas ligeras. En estos días, no apetece demasiado comerse un estofado de jabalí con un buen reserva en una terraza al sol, por muy buenos que estén ambos. Sin embargo, un buen arroz, un plato de pasta, o incluso una ensalada servidos con un buen rosado fresquito, dan lugar a una estupenda comida veraniega.

El vino rosado se toma fresco y entra bien con el calor. Al igual que la sangría que mencionábamos antes, puede ser un buen sustituto de un refresco o una cerveza para tomar en una terracita al sol, bien como aperitivo o acompañando unos platos ligeros. Además, es un vino suave y aromático, que gusta a casi todo el mundo. De hecho, a menudo supone la “entrada” de muchas personas en el mundo del vino, porque suele resultar de entrada más suave, más “fácil de beber”. Quizás por eso también haya sido tan denostado como “vino de los que no les gusta el vino”, o vino inferior. Lo siento, pero no podemos estar más en desacuerdo. Se trata, simplemente, de un vino diferente, pero ni mucho menos inferior. Es un vino que se disfruta. ¿Qué otra cosa podemos pedir a un vino, sino justamente eso?

La elaboración del rosado

Mucha gente piensa que el rosado se elabora mezclando vino tinto con vino blanco. En realidad no es así: el vino rosado se elabora de un modo especial, encaminado desde un principio a obtener este tipo de vino, y su elaboración requiere tanto mimo y cuidado como la de cualquier otro vino.

Para elaborar rosado se parte de uvas tintas, las mismas utilizadas para hacer vino tinto. Entre las variedades habituales podemos encontrar Tempranillo, Cabernet Sauvignon, Garnacha, Merlot… La principal diferencia es que en la elaboración del rosado se limita el tiempo de contacto del mosto de la uva con los hollejos (la piel), que es la que contiene los pigmentos que dan al vino su color. En el vino tinto, la maceración del mosto con los hollejos es más prolongada, permitiendo que los pigmentos pasen de la piel al líquido; en el rosado, los hollejos se extraen tras unas pocas horas, limitando el grado de pigmentación y cambiando también las propiedades del vino final.

Del tiempo que hayan estado en contacto mosto y hollejos, así como de la temperatura, dependerá el color final del vino rosado, que puede variar desde un rosa muy pálido hasta un intenso rojo rubí, dando lugar a vinos diferentes, a criterio de su elaborador. Porque, al igual que sucede con los blancos y los tintos, también hay rosados “de autor”.

No debemos confundir el rosado con el “clarete”, que aún se elabora en algunas regiones, pero que suele ser, por lo general, un vino de inferior calidad. Al contrario que el rosado, el clarete sí se elaboraba antiguamente mezclando vinos tintos y blancos. Hoy esta práctica no está permitida, por lo que ahora el clarete se elabora no mezclando vinos, sino uvas: tintas y blancas. Aunque esto no es exclusiva de este tipo de vinos, pues hay elaboradores que también utilizan una cierta proporción de uvas blancas para elaborar rosados o incluso tintos… Pero en los claretes la proporción de uva blanca es mayor, y también es diferente el proceso de elaboración. En general, y a día de hoy, un clarete es un vino más enfocado a la distribución a granel, y su nivel de calidad suele ser inferior al de un buen rosado.

El rosado es un vino joven…

Lo que sí debemos saber es que el vino rosado es siempre un vino joven, pues no admite crianza en barrica. Se trata de un vino que debe consumirse preferentemente durante el primer año después de su elaboración, tras el cual empezará a perder cualidades (aroma, frescura…). Así que ya lo sabes, si compras un rosado, no lo guardes demasiado en tu bodega particular: ¡bébetelo!

…y un vino para consumir fresco

Y, como buen vino joven, el rosado debe consumirse fresco. En realidad, más fresco que los tintos jóvenes. La temperatura de servicio ideal del rosado es similar a la de un blanco joven: no tanto como recién sacado del frigorífico, pero cerca. Unos 6ºC es una buena temperatura para disfrutar de un rosado. Aunque con los calores veraniegos, se entiende que a menudo apetezca incluso algo más fresco. Debemos siempre recordar que cuanto más frío lo sirvamos, menos apreciaremos los aromas, pero lo cierto es que el rosado admite bien las bajas temperaturas. Al fin y al cabo, el vino es para disfrutarlo: si os apetece bien frío, nuestro consejo es ¡adelante!

El vino ideal para el verano

Verano, playa, terracita, cervecita… Sinónimos de vacaciones y buena vida. Sí, a todos nos gusta disfrutar de una buena cerveza helada en una terraza al borde del mar. Pero, si nos permitís la sugerencia, considerad también en alguna ocasión cambiarla por una copa de un buen vino blanco… o un buen rosado. Es una agradable forma de variar, y estamos seguros de que os encantará. Porque los blancos, y especialmente los rosados, son los vinos ideales para el verano.

¿Te animas a probar alguno de estos magníficos rosados?

Rosado de Lágrima Castillo de Monjardín – Un magnífico rosado de Navarra, intensamente aromático y afrutado, ganador de varios premios, a un precio imbatible. De un precioso color rojo rubí y un intenso aroma, está elaborado con Cabernet Sauvignon y Tempranillo. Nuestra recomendación por su excelente relación calidad-precio.

Rosado de Sumoll Pardas – Un rosado con carácter y único, elaborado con una uva autóctona del Penedés recientemente redescubierta en la elaboración de grandes vinos. Diferente.