jueves, 25 de junio de 2015

Bizcocho de manzanas asadas al ron con higos agridulces a la naranja

¿Qué, os atrae el título? Pues eso que no lo habéis probado todavía: ¡es sencillamente sublime!

Por un lado, tenemos un exquisito bizcocho con un ingrediente “secreto”: manzanas asadas (o cocidas) al ron. El aroma que aportan al bizcocho es al mismo tiempo sutil y complejo, pero embriagador. Antes de cada mordisco, al acercarte el trozo de bizcocho a la boca, te quedarías minutos oliéndolo. En cierto modo, este bizcocho se disfruta igual que un buen vino…

Y como acompañamiento y contrapunto a la vez, la delicada voluptuosidad de estos higos agridulces a la naranja. Un producto natural del Valle del Tiétar que combina sabrosos higos con un almíbar agridulce y aromática ralladura de naranja. ¡Exquisito!

Y si además usamos un poco del aromático almíbar de los higos para “emborrachar” el bizcocho… Qué os puedo decir… No hay palabras, ¡esto hay que probarlo!

Ya sea para el desayuno, para acompañar el café, o como merienda, este bizcocho con higos agridulces es un manjar de dioses que se prepara en minutos con un resultado verdaderamente digno de los paladares más selectos.

Además, ni el bizcocho ni el acompañamiento contienen huevos ni lácteos, por lo que se trata de una receta perfectamente apta para alérgicos a estos alimentos. Y no, no se echan en falta: nadie diría que este bizcocho no lleva huevo si no te lo dicen… Pero dejémonos de charlas, aquí os dejamos la receta para que os animéis a prepararlo en casa. ¡No os arrepentiréis!

Ingredientes:
Higos agridulces a la naranja
300 g de harina
200 g de azúcar
130 ml de aceite de girasol
170 ml de agua
1 cucharadita y media de levadura en polvo
1 cucharadita de extracto de vainilla
1 limón
2 manzanas
1 chorrito de ron negro de calidad
Azúcar glas para decorar

Preparación:
  • Pelar las manzanas y cortar en rodajas finas, eliminando el corazón.
  • Poner a cocer las manzanas en una sartén junto con un chorrito de buen ron negro, a fuego bajo. Tapar y dejar cocer lentamente, removiendo de vez en cuando, hasta que veamos que las manzanas están blanditas, totalmente cocidas. Si fuera necesario, añadid un poquito de agua durante el proceso (si veis que queda demasiado seco y las manzanas aún no están bien hechas); normalmente con una cucharada de agua hacia la mitad de la cocción suele ser suficiente.
  • En paralelo, encender el horno para precalentar a 180ºC.
  • En un bol apropiado, echar las manzanas cocidas y todo el resto de ingredientes: la harina, el azúcar, el aceite, el agua, el extracto de vainilla y la levadura. En cuanto al limón, lo aprovecharemos todo: primero, ralláis su piel y añadís la ralladura al bol. Luego, exprimid el limón y añadid el zumo. Mezclar todo bien con la batidora hasta obtener una pasta homogénea.
  • Verter la mezcla en un molde apropiado, que previamente habremos engrasado con mantequilla o habremos forrado con papel de hornear, para que luego desmolde bien.
  • Meter el molde con la mezcla al horno a 180ºC durante unos 50-60 minutos. Como siempre, probar el punto de cocción introduciendo un cuchillo o un palito, que deberá salir limpio. Si al cabo de ese tiempo aún sale manchado, dejaremos 5 ó 10 minutos más, hasta que salga limpio.
  • Sacar el molde y dejar enfriar unos minutos antes de desmoldar.
  • Espolvorear el bizcocho con azúcar glas. Servir acompañado de unos higos agridulces a la naranja, y rociando el bizcocho con un poco del almíbar de los higos. 
  • Como alternativa, también podéis usar estos higos en almíbar, más dulces y probablemente más del gusto de los niños, y que también resultan un acompañamiento delicioso para cualquier bizcocho... aunque a éste en particular, el toque agridulce le va estupendamente, y el resultado es más "exótico" y diferente. "Placer adulto", como decían en un anuncio...
Tanto para niños como para mayores: una delicia que da pena que se acabe.

jueves, 18 de junio de 2015

El aceite de palma, la salud, el medio ambiente… y la Nutella


¿A qué viene todo este alboroto? En realidad, la Nutella se ha convertido únicamente en el chivo expiatorio como ejemplo de los alimentos que incluyen aceite de palma en su composición, siendo este ingrediente contra el que la ministra francesa está haciendo campaña. Dejando aparte posibles especulaciones sobre por qué se menciona explícitamente un producto de gran consumo de origen italiano, cuando los supermercados franceses (y españoles, y alemanes…) están llenos de productos de todas las procedencias que incorporan aceite de palma, vamos a centrarnos aquí en analizar cuáles son realmente los problemas asociados a este aceite vegetal.

La campaña que ha iniciado la política francesa contra este producto centra sus críticas en el gran impacto que su producción tiene sobre el medio ambiente. Debido a su alta demanda (la cual está motivada, básicamente, por su bajo coste en relación a otros aceites, como puedan ser los de oliva, girasol o incluso soja), en diversas partes del mundo se están deforestando bosques y selvas para cultivar palmas productoras de este fluido. Si a esto sumamos el uso de fertilizantes y otros productos agrícolas que van envenenando los suelos, unido a los efectos desecantes que tiene esta planta sobre los terrenos cuando se cultiva masivamente, no es de extrañar que ecologistas y científicos estén preocupados por su proliferación a nivel mundial.

Pero, ¿a qué se debe este auge en el consumo del aceite de palma? Como ya hemos apuntado anteriormente, básicamente a un factor clave: su bajo precio. Por esta razón, es el elegido por un buen número de empresas de alimentación, que lo incluyen como ingrediente graso de sus productos en sustitución de otros aceites de uso más cotidiano, como puedan ser los de oliva, girasol o soja. Así, es común encontrar este ingrediente no sólo en la Nutella, ni muchísimo menos, sino en la mayor parte de la bollería industrial, panes de molde, margarinas, helados industriales, salsas, etc. Buena parte de los comestibles que llenan las estanterías de los supermercados incluyen en su composición este controvertido aceite, a menudo camuflado bajo el genérico “grasas vegetales”.

Pero no es el medio ambiente el único que está amenazado por la proliferación del aceite de palma en el consumo del ciudadano occidental: también nuestra propia salud puede estar amenazada si consumimos en exceso productos preparados con este ingrediente. Como ocurre casi siempre, no es que su consumo sea nocivo por sí mismo, pero su abuso (el cual puede ocurrir imperceptiblemente dada su presencia en tantos productos diferentes) puede provocar trastornos en nuestra salud.

La razón es que el aceite de palma es tremendamente rico en grasas saturadas, las más nocivas para nuestro organismo, con efectos muy negativos, por ejemplo, sobre los niveles de colesterol. Baste decir que el aceite de palma contiene hasta un 48% de grasas saturadas, frente a los niveles de sólo el 12 al 15% que contienen los de oliva, girasol o soja. Claro que siempre puede ser peor: el aceite de coco, otro producto también utilizado de forma bastante habitual en alimentos preparados, eleve su nivel de grasas saturadas hasta nada menos que hasta el 91%. Toda una bomba para el corazón y las arterias.

Lo triste de todo esto es que durante años se nos ha intentado engañar, literalmente, camuflando estos aceites bajo el término ambiguo de “aceites y/o grasas vegetales”, pretendiendo hacerlos pasar por más saludables que otras grasas de origen animal. Un caso claro es la margarina, presentada a menudo en su publicidad como más saludable que la mantequilla por utilizar grasas vegetales en lugar de grasas animales en su composición. El problema es que si están elaboradas con aceites de palma o coco, lo cual es lo más habitual, realmente podemos decir que nos están engañando flagrantemente con esos mensajes biosaludables.

Afortunadamente, parece que las autoridades comunitarias se están dando cuenta de todo esto, y está en marcha un cambio de legislación que en un futuro próximo obligará a los fabricantes a especificar el tipo de aceites o grasas utilizados en sus productos, sin esconderse bajo el genérico de “vegetales”. Luego, sólo faltará concienciar a la población, porque todavía un buen número de consumidores desconoce totalmente las características de aceites como el de coco o palma.

¿Qué podemos hacer como consumidores? En realidad, como casi siempre, usar el sentido común: por una parte, reducir al mínimo el consumo de alimentos industriales preparados, del tipo que sean. Por otro, leer los ingredientes y sospechar cuando nos encontremos con el genérico de “grasas vegetales” o la mención explícita al coco o la palma. Pero tampoco hace falta llevarlo al extremo: no es necesario que renunciemos a nuestro producto favorito por el solo hecho de incluir estos ingredientes. Como hemos dicho, no son malos por sí mismos, sólo su abuso lo es. No pasa nada por comerse un helado industrial de vez en cuando, o unas galletas rellenas de chocolate, o unas rebanadas de pan con Nutella o Nocilla (la primera menciona directamente la palma, la segunda sólo unos sospechosos “aceites vegetales”  que en el peor de los casos podrían ocultar incluso aceite de coco). Como siempre, lo inteligente es consumir estos productos con moderación, así no tendremos ningún problema.

Y, por supuesto, siempre que podamos, huir de los productos industriales y apostar por unos alimentos más naturales y tradicionales. La comida casera, sin duda alguna, es la mejor apuesta, y si la falta de tiempo, de habilidades culinarias o simplemente de ganas nos limitan, ahí tenemos los productos artesanos y naturales. En Delicias Ibéricas ya sabéis que nos centramos en ellos, y los que seleccionamos lo hacemos porque son sencillamente exquisitos. ¿Te animas a probarlos? Te lo agradecerán tu salud… y tu paladar.

lunes, 15 de junio de 2015

Sumoll: el renacimiento de una uva denostada

Aunque algunos es posible que ya hayáis oído hablar de ella, estamos seguros de que aún a la mayoría la palabra “Sumoll” no le dirá nada. Es cierto que en los últimos tiempos los vinos españoles han ido evolucionando desde la omnipresente Tempranillo (tan extendida que adquiere multitud de nombres según la región, como Tinta del País, Tinta de Toro, Cencíbel, Ull de Llebre…) hacia el descubrimiento (o redescubrimiento, deberíamos decir más bien) de otras variedades semiolvidadas (y a veces incluso casi en peligro de extinción) como la Mencía, la Monastrell, la Maturana, etc, con las que se están consiguiendo vinos magníficos. Pero de la Sumoll todavía se habla poco, probablemente porque sea una de las más recientes entre estas “nuevas-viejas” variedades autóctonas recuperadas.

Algo triste resulta descubrir, por otra parte, que han tenido que ser los australianos unos de los primeros en detectar el potencial de esta uva autóctona del Penedés, consiguiendo magníficos resultados en cruces de esta variedad con la Cabernet Sauvignon ya a comienzos de la década del 2000. Porque hasta entonces, y exceptuando algunos experimentos aislados de los que luego hablaremos, en España (en el Penedés, para ser más exactos, pues se trata de una uva autóctona de esta comarca barcelonesa) estaba sucediendo justamente lo contrario: su cultivo se hallaba en franco declive, siendo una uva denostada tanto por su baja productividad como por su difícil vinificación, que le había dado una fama (justa, por otra parte, cuando se elabora incorrectamente) de uva ruda y áspera, que daba vinos de baja calidad.

Afortunadamente, a la vez que en Australia se interesaban por la Sumoll, aparecían también en nuestro país algunos nuevos viticultores y enólogos que empezaban a vislumbrar el posible potencial de esta humilde y olvidada uva para obtener vinos de calidad. Hoy, no son aún más de cuatro o cinco pequeñas bodegas las que elaboran vinos con esta variedad, los pioneros que están abriendo camino y por cuyo trabajo ya se interesan incluso las grandes: Segura Viudas, una de las segundas marcas del grupo Freixenet, acaba de subirse al carro de la “moda Sumoll”, aunque los expertos desconfían del resultado que pueda dar una uva que requiere tanto “mimo” y esfuerzo en manos de una de estas grandes bodegas, donde la producción masiva a bajo precio suele ser la clave. Con la Sumoll, buen vino y barato son conceptos incompatibles; lo suelen ser con cualquier vino, pero más aún con estas variedades que requieren un tratamiento muy especial para alcanzar su máximo potencial.

Pero nos estamos yendo por las ramas: nuestro primer contacto con la Sumoll lo tuvimos durante nuestra visita a Celler Pardas, uno de los pioneros, una de las pequeñas bodegas “de autor” que apostaron por la recuperación de esta uva local para elaborar vinos de calidad y con personalidad propia. Jordi Aman, uno de los socios de la bodega, nos introdujo a todo lo que hemos comentado más arriba: el potencial de la uva, su difícil vinificación, cómo había sido denostada hasta entonces… Fue una charla a pie de viña que concluyó con la degustación de su rosado, 100% Sumoll: un vino que, aunque en España no estamos muy habituados a los rosados (y menos aún a los buenos rosados), nos sorprendió por su frutalidad y mineralidad, con una rotunda personalidad. El fantástico Negre Franc que probamos más tarde, aunque en pequeña proporción, también contenía Sumoll, una uva que muestra todo su esplendor en el CollitaRoja, el tinto monovarietal de Sumoll elaborado por esta bodega.

En Celler Pardas no son los únicos que experimentan con esta uva, aunque sí, como hemos dicho, de los pocos. Otra de las bodegas de prestigio que han empezado a trabajar con la Sumoll es Can Ràfols dels Caus, elaboradores de maravillosos vinos y cavas rotundamente personales y “auténticos”. Carlos Esteva, su responsable, lleva años experimentando con la variedad, a la que define como “la Pinot Noir mediterránea”. Entiende que haya sido denostada por su aspereza y falta de color, por la dificultad para elaborar con ella buenos vinos, pero para él es “como un caballo salvaje, que has de domar”. Si lo consigues, la recompensa es un vino excepcional.

Dos o tres bodegas más de pequeño tamaño cierran el círculo del uso actual de la Sumoll, aunque sin duda, otras se irán sumando al descubrimiento de esta uva como fuente de vinos de fuerte personalidad. Puede resultar triste que ya hace más de 10 años se interesasen por ella en Australia cuando por aquí la mayor parte de las fincas arrancaban viñas viejas de Sumoll para plantar Merlot o Cabernet Sauvignon. Afortunadamente, parece que estamos a tiempo de revertir la situación, y de poder disfrutar de nuevos y magníficos vinos hechos con esta variedad. Y, sobre todo, de poder disfrutar lo que quizás más valora el buen aficionado: vinos diferentes, con personalidad propia.

Comprar Pardas Sumoll (rosado, 100% Sumoll)
Comprar Pardas Negre Franc (tinto con un 11% de Sumoll)
ComprarPardas Collita Roja (tinto monovarietal de Sumoll)

martes, 9 de junio de 2015

El valor de los críticos y las guías en el vino

Si eres aficionado al vino, estarás más que familiarizado con nombres como José Peñín, Robert Parker, Luis Gutiérrez, Wine Enthusiast o Wine Spectator… Si eres alguien a quien le gusta disfrutar del vino sin más, quizás algunos de estos nombres no te digan mucho, pero seguro que más de una vez has oído o leído como mínimo alguna recomendación (en prensa, radio, televisión…) basada en los juicios emitidos por estos u otros críticos.

La influencia de los críticos en el mundo del vino se ha acentuado especialmente en los últimos años. Si hace algo más de una década en nuestro país esta información prácticamente se reducía a la Guía de los Vinos de España de José Peñín (en papel, por supuesto), hoy una opinión vertida por un experto en una revista anglosajona llena las páginas de los periódicos generalistas española al día siguiente. Y, a menudo, los vinos que ensalza se agotan rápidamente en las tiendas.

Por supuesto, a estos grandes críticos y publicaciones debemos sumar millares de fuentes de información alternativas a través de internet, desde revistas especializadas, blogs de vinos, reportajes y entrevistas en prensa más o menos generalista, foros… Aquí y allá, las críticas sobre el vino, las opiniones y las notas de cata proliferan, como sucede en cualquier otro ámbito en esta era de la información. Por supuesto, muchas de ellas sin la menor influencia, y otras, como los comentarios vertidos por Robert Parker en cualquier charla de café, capaces de llevar a la fama o de hundir a bodegas enteras.

No cabe discusión alguna sobre la influencia que tienen estas opiniones de los expertos sobre los aficionados. Desde el simple bebedor de fin de semana que prueba la botella que han dicho en la tele que se considera el mejor vino de España según Parker, hasta el experto catador que se considera más allá de los juicios de estos gurús, no cabe duda de que sus opiniones influyen. Si el aficionado sin más prueba el vino y no le dice nada, piensa “¡qué poco sé de vino, que no consigo apreciarlo!”; si lo hace el experto, se atreverá probablemente a opinar que “está muy sobrevalorado”, pero seguro que inconscientemente el juicio previo del experto le ha influido. No hay más que comparar los resultados que se obtienen por parte de expertos catadores cuando realizan catas a ciegas (sin conocer el vino que prueban), frente a las opiniones que emiten al catar un vino del que conocen la marca. Los prejuicios, ya sean buenos o malos, nos influyen siempre, aunque no queramos reconocerlo.

El valor de las opiniones de los expertos

Entonces, si vamos a la esencia del asunto, ¿qué valor real tienen estas opiniones de los expertos?

No cabe duda de que estos grandes críticos nacionales e internacionales saben de vino, y mucho. Pero, dicho esto, hay que hacer muchas matizaciones.

El vino del mundo es complejo. Saber de vinos requiere tiempo, experiencia, empeño y ganas. Bueno, en realidad como saber mucho de cualquier otra cosa, tampoco se trata de idealizar este mundillo... Pero a todo este conocimiento que podríamos llamar “objetivo” hay que sumarle una parte eminentemente subjetiva: el gusto personal.

Aquí empezamos a pisar terreno resbaladizo, porque supuestamente un verdadero experto en vinos debe saber abstraerse bastante de ese gusto personal. En la cata, algo que en principio parece totalmente subjetivo (al fin y al cabo, sensaciones de olor y sabor experimentadas por una persona determinada) hay muchos factores objetivos. Un experto catador es capaz de detectar defectos en el vino, así como virtudes. Independientemente del gusto personal, hay ciertos criterios que definen si un vino es bueno o malo, excelente o mediocre. Sin embargo, el gusto personal está ahí, no se puede evitar. Y, más allá de la parte objetiva del análisis, ese elemento subjetivo tiene su peso en la opinión final, es indudable. Estos críticos catan millares de vinos, de diferentes categorías de calidad, por supuesto, pero muchísimos de ellos situados al mismo nivel “objetivo”; la diferente nota que se otorgue a uno u otro es muy posible que finalmente esté influida por esos factores subjetivos, del gusto personal. Especialmente si a esa “nota” más o menos objetiva (al fin y al cabo, hay centenares de vinos entre los 90 y los 95 puntos, por ejemplo) se le añade algún comentario tremendamente personal en algún artículo o entrevista, como suele ser el caso, y que son precisamente los que alcanzan las portadas de los periódicos.

Robert Parker
¿Y si el gusto del crítico es diferente del nuestro? Pues creo que ya lo hemos dejado entrever: que el resultado puede ser que un vino que a él le entusiasma a nosotros nos deje fríos, o lo contrario. Aunque podamos coincidir al valorar la mayor o menor calidad intrínseca del vino en cuestión… No es infrecuente encontrar entre los aficionados comentarios como “este vino me emociona”. O, al contrario… “sí, es equilibrado, correcto… pero no me dice nada, no me emociona”. El gusto personal dice mucho.

Y lo peor de todo es que podemos dejarnos llevar por los gustos de una determinada persona, si esta persona alcanza un renombre de la categoría del que tiene, por ejemplo, Robert Parker. Hace ya tiempo que se habla del “estilo Parker”, un tipo de vinos, con unas determinadas características, que serían los que más le gustarían a este crítico norteamericano. Y lo que es más grave, se habla de la posible proliferación de vinos “parkerizados”, vinos hechos por las bodegas expresamente al gusto de Parker para conseguir más puntos en sus catas y, por tanto, más publicidad y ventas. Algo que, de ser cierto y extenderse, terminaría por conseguir un panorama vinícola estandarizado, aburrido, falto de variedad, y al gusto de una determinada persona… que no tiene por qué coincidir con el resto.

Y luego están los suspicaces, quienes desconfían de la honestidad de tal o cual crítico. No son infrecuentes los rumores entre los aficionados (al menos en nuestro país, donde parece que de picaresca sabemos algo) que piensan que el crítico fulanito está favoreciendo a la bodega menganita por amiguismo o intereses personales, o que está llevando a cabo una venganza personal contra el bodeguero zutanito. La realidad o fantasía que pueda haber detrás de estas afirmaciones siempre estará por demostrar, pero por supuesto que una actividad como ésta, en la que una palabra puede significar millones, nunca estará libre de sospechas.

 ¿Y, entonces, qué hacemos?

Eso se pregunta a menudo el aficionado que empieza a introducirse en el mundillo y empieza a verse apabullado por la cantidad de información, y por el contraste que a veces encuentra entre lo que opina el experto mundial sobre un determinado vino, y lo que él es capaz de disfrutar al llevárselo a la boca.

Pues os daremos nuestra opinión PERSONAL: la opinión del crítico es casi siempre muy valiosa. A menudo nos ayudan a descubrir vinos maravillosos que quizás nunca habríamos probado, y sus comentarios generalmente nos permiten aprender más sobre vinos, al intentar buscar esos matices que ellos nos describen, sirviéndonos un poco como “tutores” en el eterno aprendizaje (si nos lo tomamos así, aunque por supuesto por el lado lúdico) que supone probar vinos. Pero, dicho esto, la opinión final debe ser siempre nuestra. Porque lo que de verdad nos importa como aficionados (otra cosa es el que tenga algún interés profesional en esto) es disfrutar bebiendo vino. Y ahí, nuestro gusto personal será determinante. Pero tampoco lo llevéis al extremo: como sabéis, nuestros gustos cambian con el tiempo, con la costumbre, con la experiencia… Puede que lo que nos deja fríos hoy nos entusiasme dentro de un tiempo…. o viceversa.


Resumiendo: las críticas de los expertos nos pueden resultar muy útiles, pero, al final, el vino lo bebes tú. Así que, prueba todos los que puedas, y bebe aquel con el que más disfrutes (si te lo permite el bolsillo…). Y experimenta, prueba, descubre… Ni siquiera los profesionales son capaces de probar todos los vinos que existen (en realidad, los vinos catados por profesionales no pasan del 75% del total real), y a veces hay por ahí alguna pequeña joya pendiente de descubrir, puede que incluso a un precio de risa (aunque esto es cada vez más raro). Lo mejor del vino es que no hay dos iguales, que hay todo un mundo para descubrir, y que es imposible probarlos todos. Utiliza las opiniones de críticos y demás como guía, y quizás, sobre todo, para huir de los malos vinos. La vida es demasiado corta y el universo del vino tan grande y maravilloso que es un desperdicio perder el tiempo con vinos malos. Quitando esos… tú decides cuáles son los que más te gustan. Disfrútalos…. ¡y sigue descubriendo!