martes, 24 de marzo de 2015

El Bierzo y la Mencía: el renacer de una uva profundamente española

El año pasado, el norteamericano Robert Parker, uno de los mayores expertos en vino del mundo, calificó un vino de El Bierzo como el mejor vino de España por su relación calidad-precio. Descubre con nosotros los secretos de esta comarca vinícola y de la uva que hace grandes sus vinos: la Mencía.

La Mencía es, junto a la Tempranillo, la Garnacha y la Monastrell, una de las cuatro variedades mayoritarias de uva tinta autóctona española. Pese a ello, hasta hace relativamente poco ha sido una uva prácticamente olvidada, relegada e injustamente tratada. Una uva considerada en cierto modo inferior, incapaz de dar vinos de calidad, falta de acidez, falta de complejidad, de difícil crianza… Sin embargo, en los últimos años esta uva ha resurgido en forma de algunos de los vinos más valorados de nuestro país, a nivel tanto nacional como internacional. Como a menudo sucede en el complejo mundo del vino, el problema no estaba en la uva, sino en saber cómo tratarla…

La Mencía es la uva por antonomasia de la comarca de El Bierzo, una pequeña región del noroeste de León, en la zona limítrofe con Galicia y Asturias, en la que representa el 85% del total de los viñedos existentes. Debemos agradecer a los romanos que extraían oro en las minas de Las Médulas (hoy Patrimonio de la Humanidad) el hecho de que introdujeran el cultivo de vid en esta zona, siendo después los monjes cistercienses, ya en la Edad Media, los que extenderían su cultivo por buena parte de la comarca. Pero han tenido que pasar más de 2000 años para que de verdad se empiece a extraer todo el potencial que los vinos de El Bierzo son capaces de dar.

Dicen los expertos que el revulsivo de la enología en la zona fue la llegada de Álvaro Palacios, ese descendiente de una familia de bodegueros riojanos que, después de poner al Priorato a la cabeza de las áreas vinícolas de gran calidad españolas, vislumbró en El Bierzo otra zona olvidada con un potencial similar. Su bodega en El Bierzo es hoy probablemente la más famosa y representativa de la comarca, “Descendientes de J. Palacios”, una bodega fundada en época tan reciente como 1999 y que sin embargo es ya ampliamente reconocida por elaborar vinos de la categoría del Moncerbal, todo un vinazo tanto en calidad como en precio, o el popular Pétalos del Bierzo, ese vino que en 2014 se agotó en todas las tiendas después de que el norteamericano Robert Parker lo calificara como el mejor vino de España por su relación calidad-precio.

Hasta hace poco más de una década, El Bierzo había sido poco más que una zona de elaboración de vinos de mesa, vinos sin personalidad y de calidad más que cuestionable. Pero cuando Álvaro Palacios llegó a la zona se dio cuenta de que existían grandes diferencias entre la zona del valle, la más accesible y la que concentraba la mayor parte de la producción desde las replantaciones que siguieron a la epidemia de filoxera a finales del s. XIX, y las laderas de las montañas circundantes, donde quedaban algunas pocas viñas viejas de épocas pasadas. El valle tiene suelos fértiles, y su orografía más llana facilita los cultivos; en cambio, las laderas son pedregosas y más inaccesibles. Pero la uva es caprichosa, y generalmente los mejores vinos proceden de los suelos más pobres. Palacios se dio cuenta de que el verdadero potencial vinícola de la zona estaba en las laderas y en las cepas centenarias que aún quedaban diseminadas aquí y allá por esas pendientes, en suelos pìzarrosos situados a mayor altura. Era allí donde se había iniciado el cultivo de la vid en la antigüedad, y era allí donde residía todo el potencial para elaborar vinos modernos y de calidad.

Álvaro Palacios y su sobrino y socio Ricardo Pérez, en las viñas en ladera de El Bierzo
Así, en apenas 10 ó 15 años se han ido instalando por la zona una serie de nuevos productores que han comenzado a sacar a la Mencía de su ancestral categoría de uva de vinos potentes, rústicos, recios y poco elegantes en general, para transformarla en la clave de unos vinos modernos repletos de fruta y frescor. Parece increíble que unos y otros surjan del mismo fruto. La clave está en los suelos, en las cepas viejas y en un cuidadoso proceso de elaboración. Creciendo en suelos pobres, en laderas situadas a altitudes que rondan los 800 metros, y procedentes de cepas viejas de baja productividad, los granos de Mencía dan lugar ahora a vinos que destilan ligereza y frescor, con toques minerales fiel reflejo de los suelos en los que han crecido, como encontramos en el relativamente joven (10 meses en barrica) Pétalos del Bierzo. Sometidos a una crianza más prolongada, un proceso para el que tradicionalmente se consideraba a la Mencía como una variedad poco adaptada, se obtienen ejemplos de finura y elegancia como el fantástico Corullón o los exclusivos Moncerbal y Las Lamas, vinos de producciones muy limitadas reservados para los paladares (y bolsillos) más selectos.

Tras la “revolución” iniciada por Palacios, otras bodegas de la zona han empezado también a extraer todo el potencial oculto de la Mencía autóctona. Son bastantes hoy en día los vinos de calidad que podemos encontrar en El Bierzo, y es de esperar que sean cada día más, con el resurgir de la zona que va lógicamente unido a la fama, pero merece la pena destacar también los vinos de Bodegas Pittacum, como el Pittacum básico o el Pittacum Aurea, otros dos magníficos ejemplos de lo que puede llegar a extraerse de una uva, en este caso la Mencía, cuando se la trata con cariño.

Conseguir estos magníficos vinos requiere un gran esfuerzo
Lamentablemente, El Bierzo no es sinónimo de vinos baratos; no puede serlo: como hemos explicado, una viticultura de baja producción a partir de vides cultivadas en laderas a veces tan poco accesibles que sólo se puede trabajar con mulas, tiene que ser, por fuerza, una viticultura de coste elevado. Pero el resultado merece la pena. Y si para Robert Parker siguen saliendo de aquí los vinos con mejor relación calidad-precio de España, esto es indicativo de que el potencial de subida de dichos precios es todavía muy grande. ¡Aprovechemos para probarlos antes de que se hagan inaccesibles!

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Prueba Pétalos del Bierzo, el mejor vino de España por relación calidad-precio según Robert Parker.

Una buena alternativa algo más económica es el Pittacum, vino joven con 6 meses de crianza, 100% Mencía.

O si quieres darte un lujo con un buen crianza, te animamos con algunos de los más asequibles de la zona: Pittacum Áurea o La Prohibición (este último, un vino del Bierzo pero que usa la Garnacha Tintorera en lugar de la Mencía como su uva base).

martes, 17 de marzo de 2015

Tosta de queso brie semifundido con mermelada picante de pimientos verdes

El queso brie (o el camembert, que es muy similar) es un queso que gusta a casi todo el mundo, y que además da mucho juego en la cocina. Es un queso a la vez suave y muy aromático, y que tiene la capacidad de fundir muy bien. Además, cuando se calienta libera aún más aromas, siendo ideal para utilizar semifundido en tostas.

La idea que os traemos hoy no puede ser más sencilla, y a la vez más sabrosa, porque no vamos a utilizar más que queso brie (o camembert) que cubriremos con una capa de mermelada picante de pimientos verdes. El resultado es sencillamente… ¡sublime!: el sabor de este queso en particular combina de forma espectacular con el intenso sabor a pimientos de esta mermelada. Su toque a la vez ligeramente dulce y ligeramente picante termina por poner la guinda a este entrante o aperitivo para convertirlo en una verdadera exquisitez. Un bocado que saturará vuestros sentidos con su intenso aroma, su intenso y a la vez delicado sabor, y la sensación de la cremosidad del queso semifundido deshaciéndose en vuestra boca. ¡No nos pidáis que sigamos intentando describirlo, es una combinación de sabores que hay que probar para disfrutarla! Placer de dioses, en serio…


Parece mentira que algo tan sencillo pueda resultar tan delicioso. Pero claro, recordemos que es sencillo sólo en apariencia, porque tenemos la suerte de disponer de la salsa, la mermelada picante de pimientos verdes, ya preparada. Una exquisitez artesana y totalmente natural elaborada con pimientos de temporada y una selección de especias que dan un resultado exquisito, y que es la clave de la sencilla receta que os traemos hoy.

La elaboración es tan simple que prácticamente os la hemos contado ya, pero aquí os dejamos las instrucciones paso a paso:

Ingredientes para 1 tosta:
1 rebanada de buen pan
1 loncha de queso brie o camembert relativamente gruesa (1 cm, o más de medio dedo)
Aceite de oliva virgen extra

Preparación:
Tostad la rebanada de pan y, a continuación, echadle un chorreón de aceite de oliva virgen extra por encima y colocad sobre ella la loncha de queso brie.
Metedlo al horno (unos minutos) o al microondas (unos segundos) hasta que veáis que el brie se ha ablandado.
Sacad y cubrid con una cucharada de mermelada picante de pimiento verde. ¡Y listo!

Variantes:
Acabamos de mencionar la receta básica, pero podéis probar ligeras variantes según vuestro gusto, sin más que aromatizar la tostada de pan:

Nosotros, una de las tostas que ilustran esta entrada la hemos cubierto con aceite y tomate; la otra, sólo con un chorreón de aceite. Otra posibilidad es untar la tostada con ajo, lo que a su vez es compatible también con añadir el tomate y/o el aceite. También podéis añadir pimienta negra molida, o hierbas aromáticas… Pero la verdad es que los sabores del queso y la mermelada son ya tan aromáticos que no es preciso potenciarlos con nada más.

De hecho, a nosotros nos encanta usar tanto la pimienta negra como el ajo en las tostas que incorporan queso fundido, porque son sabores que combinan extraordinariamente bien por lo general; pero en este caso, el aroma de los pimientos verdes y su toque picante hace que ambos sean totalmente innecesarios, por lo que hemos optado por prescindir de ellos, y el resultado nos ha corroborado que ha sido una buena elección. ¿Apetece un mordisquito...? ;-)




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miércoles, 11 de marzo de 2015

Claves para disfrutar el vino: La copa

A la hora de disfrutar un vino, hay dos elementos clave (además del propio vino, por supuesto) en su degustación: su temperatura, y la copa. De la primera ya hablamos por aquí hace algún tiempo, y hoy nos centraremos en la segunda. Porque tomar el vino a la temperatura correcta y en una copa adecuada son requisitos básicos para poder disfrutarlo en toda su plenitud. Es evidente que un vino malo nunca mejorará por mucho cuidado que pongáis en cuidar su temperatura y sirviéndolo en la mejor copa, pero os garantizamos que sí podéis echar a perder la experiencia de degustar un buen vino si no cuidáis estos sencillos detalles. En este artículo intentaremos daros las claves sobre cómo elegir la mejor copa para cada vino.

Cuestión de olfato

En realidad, la razón de la importancia de estos dos factores es muy sencilla, porque además los dos están íntimamente relacionados. Y es que un vino se saborea principalmente a través del olfato. No, no estamos diciendo ninguna tontería, ni nos referimos a que tengáis que pasaros cinco minutos metiendo la nariz en la copa y removiendo su contenido como un catador profesional (aunque no está de más hacerlo, para disfrutarlo plenamente). En realidad, cuando decimos que el vino se saborea sobre todo con el olfato, no estamos descubriendo nada nuevo, porque éste es el sentido que interviene de forma más directa en la degustación de los alimentos. Ya sabemos que nuestra lengua sólo es capaz de distinguir cuatro sabores: dulce, salado, amargo y ácido. También es capaz de detectar texturas, por supuesto, y también la temperatura de los alimentos se percibe a través de nuestra boca… pero el resto de lo que llamamos “sabor”, lo percibimos a través del olfato, incluso sin necesidad de olisquear los alimentos: boca y nariz están comunicadas por su interior, por lo que los aromas de los alimentos llegan a nuestra pituitaria mientras comemos. La mayor parte de la degustación la hacemos siempre con nuestro olfato.

El caso del vino no es diferente, siendo el olfato el sentido que más interviene en su disfrute. Por ello, si queremos disfrutar plenamente de lo que un vino nos ofrece, debemos intentar favorecer la llegada a nuestra pituitaria de todos sus aromas. Y aquí es donde intervienen tanto la temperatura de servicio como la copa en la que lo estamos degustando.

No volveremos a hablar de  la temperatura (os remitimos a nuestro anterior artículo sobre el tema para los que se lo perdieran en su momento), hoy lo que toca es centrarnos en la copa, un elemento que, si lo elegimos adecuadamente, concentrará todos esos aromas para que alcancen de la mejor forma posible nuestra nariz mientras bebemos el vino, incluso aunque no hagamos esfuerzos especiales por olfatearlo. Ésta es la principal virtud de una buena copa para vino.

No obstante, hay también otras características importantes en la copa, aparte de su capacidad para concentrar los aromas. Porque, aparte de su contribución en el aspecto olfativo, la copa debe permitirnos también contemplar adecuadamente el vino y mantener lo más estable posible su temperatura.

El elemento visual

Sí, está claro, lo importante de un vino es su sabor o su aroma (ya hemos dicho que tienen mucho en común), pero también todos sabemos que la comida entra primero por los ojos. No hay más que ver los blogs de cocina, cuyo éxito depende a menudo mucho más de tener buenas fotos que de la calidad de sus recetas. Pues bien, el vino no iba a ser menos: desde la influencia que puede tener una botella bonita, elegante u original a la hora de comprarlo o incluso de “presumir” en la mesa, hasta la simple contemplación del líquido en la copa, la vista juega también su papel en el disfrute del vino.

Por ello, una buena copa para vino debe ser transparente, nunca coloreada, y preferentemente sin ningún tipo de tallas o dibujos. Esto nos permitirá apreciar claramente el color y transparencia del vino, algo que, además, nos aporta también interesante información sobre el mismo, aunque esto es algo que dejaremos para otro artículo.

Coger por el pie

Las copas, por definición, tienen pie. Y éste es un elemento importante también a la hora de degustar un vino. No lo tomamos en copa en lugar de en vaso simplemente porque resulte más elegante, sino porque la copa nos permite cogerla sin tocar con las manos la parte en la que se aloja el vino. Por un lado, esto evita que manchemos con huellas el cristal, favoreciendo la contemplación que comentábamos anteriormente, pero, sobre todo, evita que calentemos el líquido con el calor de nuestras manos, permitiendo que se mantenga a la temperatura idónea mientras lo consumimos.

Huelga decir que la copa de vino debemos sujetarla siempre por su pie (por el tallo), por estas razones. Al mismo tiempo, este requisito ya descarta aquellas copas, generalmente de pequeño tamaño, que uno todavía puede encontrar en algunos restaurantes de “menú del día”, con pies en los que apenas caben un par de dedos. Una copa adecuada para vino debe tener un pie de la longitud suficiente que permita sujetarla por ahí cómodamente.


La forma de la copa y su tamaño

Pero, volviendo al tema de los aromas y el olfato, la clave de una buena copa de vino está en su forma y tamaño.

Para percibir los aromas del vino en toda su plenitud, una buena copa debe permitir que nuestra nariz se introduzca en su interior cuando nos la acercamos a la boca para beber. Esto implica que la boca de la copa debe ser lo suficientemente amplia como para permitirlo.

Por otra parte, es conveniente que la copa tenga una base ancha que luego se estreche hacia la boca. Esto permite que los aromas que se van desprendiendo del vino se concentren a la salida de la copa, llegando de forma más intensa a nuestra nariz. Por otra parte, esa forma con una base más ancha y una boca más estrecha favorece que podamos agitar el vino con movimientos circulares sin derramarlo; esta agitación permite que se liberen mejor los aromas que atesora el vino en su interior, los aromas secundarios y terciarios, de los que hablaremos próximamente en el blog.

¿Y en cuanto al tamaño? Bien, ya hemos hablado de la importancia de que la boca sea lo suficientemente ancha como para que podamos introducir la nariz en ella, lo cual ya descarta ese tipo de copas que se usaban antiguamente para el vino y que, lamentablemente, aún hoy podemos encontrar en buen número de bares, restaurantes y hogares. Y es que, hasta hace poco, se consideraba que la copa de vino debía ser pequeña; de hecho, cuando se colocaban en la mesa, las copas más grandes iban destinadas al agua, siendo las de vino mucho más pequeñas.

Hoy, incluso esas copas de agua “clásicas” a menudo siguen resultando pequeñas para disfrutar adecuadamente del vino. En general, una copa para vino debe ser más bien grande: por un lado, para permitir introducir la nariz, como ya hemos dicho, y por otro, para permitir una amplia superficie de contacto del vino con el aire; esto no sólo oxigena el vino, sino que permite una mayor superficie de liberación de los elementos volátiles, que luego se concentran en la abertura más cerrada de la parte superior, intensificando los aromas.

Pero una gran superficie de contacto con el aire y con el propio vidrio de la copa supone también una gran transferencia de calor entre el vino y el aire o el cristal. En un vino tinto esto no suele ser un problema, pero en vinos blancos, que suelen degustarse a menor temperatura, una copa grande puede suponer que los últimos tragos nos lleguen a la boca ya demasiado calientes. Por esta razón, las copas para vino blanco serán, por lo general, más pequeñas que las de tinto, aunque intentaremos mantener el mismo criterio de que al menos la punta de nuestra nariz pueda introducirse en la boca de la copa cuando nos la aproximemos para el trago. Estas mismas copas las usaremos para los rosados, por la misma razón..

La copa de cava

¿Y qué pasa con la copa de cava? Siempre nos han dicho que ésta debe ser alta y estrecha, para poder contemplar adecuadamente el ascenso de las burbujas, pero esto va en contra de lo que hemos comentado aquí, especialmente de ese detalle de poder introducir la nariz dentro de la copa mientras bebemos para apreciar mejor los aromas.

Pues sí, es cierto: la copa de cava está diseñada para la contemplación, pero no tanto para la cata. Por esta razón, no es ningún crimen (incluso al contrario) degustar un cava en una copa de vino blanco “normal”; de hecho, suelen ser las preferidas por muchos aficionados para apreciar mejor las sutilezas del cava (o el champagne).

No obstante, el cava tiene una ventaja, que son justamente las burbujas: el continuo desprendimiento de dióxido de carbono (pues las burbujas son justamente eso) produce una pequeña corriente ascendente en la copa que ayuda a “arrastrar” los aromas hacia el exterior. Por esta razón, incluso usando una copa alta y estrecha que no cubre nuestra nariz, generalmente podremos apreciar los matices del vino de forma bastante aceptable gracias a este flujo de aromas favorecido por las burbujas.

Así que en el caso del cava, en materia de copa la elección es vuestra. Si va a ser una comida con invitados, nuestro consejo es usar la típica copa alta para que no nos consideren o bien “frikis” o bien “paletos”; pero si es para degustarlo en familia, haréis muy bien en usar vuestras habituales copas para vino blanco: seguramente disfrutaréis más plenamente de los matices del vino.

El material

Lo hemos dejado para el final porque parece evidente que una copa de vino debe ser de cristal, ¿no? Pero, ¿vale cualquier cristal?

Es difícil saber por qué, pero incluso la calidad del vidrio influye en el placer de la degustación. Puede que sea una cuestión puramente subjetiva, del tacto de los labios con el cristal, pero lo cierto es que no da el mismo placer beber en una copa de vidrio grueso y basto que hacerlo en una buena copa de cristal fino. Realmente, la experiencia es muy diferente.

Caso aparte son las de materiales diferentes al vidrio, como pueden ser las copas de metal (raras, pero haberlas, haylas), que suelen resultar desagradables de llevarse a la boca (posible sabor metálico, frialdad…); o las desechables de plástico, que tampoco ofrecen una experiencia nada grata.

En fin, que la copa debe ser de cristal, y de una calidad “razonable”. Afortunadamente, uno puede encontrar copas muy aceptables por muy pocos euros.

Una copa para cada vino

Hemos establecido los criterios básicos sobre cómo elegir una buena copa para vino, pero a partir de ahí, podemos complicar el tema tanto como queramos.

Entre las copas de mayor prestigio (y precio), hay variedades estudiadas incluso para cada tipo de uva. Así, uno puede encontrar copas para chardonnay, para cabernet sauvignon, para merlot, para syrah, para tempranillo… Son copas que buscan la forma y tamaño idóneos para enfatizar los aromas de cada vino, en función de parámetros como el tipo de aromas, la acidez, el grado alcohólico… Entre los expertos, incluso se realizan “catas de copas”, en las que un mismo vino es degustado en diferentes copas, para apreciar las diferencias de degustación en cada una de ellas.

Para un aficionado medio, no obstante, no es necesario llegar tan lejos. Por supuesto que a todos nos gustaría tener toda una colección de copas Riedel (una de las marcas más prestigiosas) entre las que elegir la más adecuada para cada botella, pero la mayoría no tenemos el nivel económico, ni incluso el espacio libre en casa, como para permitírnoslo… por no hablar del nivel de experiencia necesario para llegar a apreciar ciertos matices. En cualquier caso, para los interesados, las marcas más prestigiosas son Riedel o Spiegelau, siendo también muy valoradas las Schott-Zwiesel o, sin irnos tan lejos, las españolas Rona Senso.

Pero para los aficionados medios, mientras vamos adquiriendo experiencia a base de probar buenos vinos (nunca aprender fue tan placentero :-), nos bastará con tener unas copas más asequibles, siempre que cumplan los criterios básicos enumerados anteriormente. Y en base a esos criterios podemos encontrar multitud de copas en los comercios a precios muy populares, que nos permitirán disfrutar adecuadamente de nuestros vinos.

¡Hasta la próxima, y buena cata!

miércoles, 4 de marzo de 2015

Bocadillo de lomo de orza en pan de semillas con chutney de tomate, manzana y pasas


El título parece el nombre de un plato en la carta de un restaurante de postín, ¿verdad? Bueno, no, para eso tendríamos que añadir “acompañado de crudités”, porque le hemos puesto unas hojitas verdes de adorno, y “al aroma de aceite de oliva virgen extra de primera extracción”, si nos da por pulverizar un poquito de aceite sobre las hojas. Así ya llenamos las dos líneas de rigor que nos permitirían cobrar una cantidad de dos cifras por el plato. Aunque tendríamos que presentar el bocadillo en formato “pulga”, no vaya a ser que llene demasiado…

Bien, chanzas aparte, hoy volvemos con una de esas ideas sencillas pero originales y repletas de sabor que tanto nos gustan. ¿Habéis probado el lomo de orza? ¿No? Pues en ese caso os estáis perdiendo uno de los fiambres más típicos y sabrosos de nuestra gastronomía, especialmente de la zona castellano-andaluza. Y no es que en Delicias Ibéricas seamos por lo general grandes amantes del fiambre, pero desde luego no hacemos ascos al bueno. Y el lomo de orza está muy bueno.

Como introducción diremos que el lomo de orza es una antigua receta para conservar el lomo de cerdo de la matanza, consistente en freírlo a fuego lento en su propia manteca junto con una serie de especias, para luego conservarlo envasado también en su propia manteca. Puede consumirse en lonchas frías o pasándolas rápidamente por la plancha, si se prefiere, y resulta un fiambre de un sabor muy apreciado.

Bueno, pues el caso es que habíamos preparado unos panecillos caseros de pan de semillas que estaban pidiendo a gritos algún relleno, y teníamos también abierto un frasco del exquisito chutney de tomate, manzana y pasas, así que se nos ocurrió idear este sencillo pero delicioso bocadillo. Todo lo que tuvimos que hacer fue ir a la tienda a comprar un poco de lomo de orza (la idea inicial era usar fiambre de ternera, que creemos que también habría dado un resultado magnífico, pero cuando vimos el lomo de orza en la tienda, no lo dudamos). El resultado fue para chuparse los dedos.

Con un buen pan como éste y un buen relleno como el lomo de orza, un bocadillo que combine ambos nunca puede estar malo… pero resulta algo soso:


En nuestra opinión, un buen bocadillo debe combinar sabores y texturas, y resultar jugoso. Si a la combinación anterior le añadimos un poco del chutney apropiado, el resultado es sencillamente espectacular: un bocadillo jugoso, sabroso, con un agradable contraste de sabores y que encima hasta entra por los ojos gracias a sus brillantes colores. ¡Menudo cambio sin más que añadir unas cucharadas de chutney! Y encima, tenemos un alimento de lo más sano, pues en vez de añadir una salsa cualquiera repleta de calorías y colesterol, lo que estamos añadiendo son básicamente verduras, con una preparación cien por cien natural. Saludable y exquisito, ¿qué más se puede pedir? Ah, sí: originalidad. Porque obtenemos, además, un resultado de un sabor diferente pero que gusta a todo el mundo. Salimos de la rutina con un simple bocata preparado en 5 minutos…



Preparar el bocadillo no tiene ningún misterio, pero simplemente comentar que podéis pensar en múltiples combinaciones a partir de esta idea. Simplemente se trata de tener en cuenta las múltiples posibilidades que los chutneys pueden dar también a tus sándwiches y bocadillos, haciéndolos más jugosos, sabrosos y originales. ¡Hay todo un mundo de experimentación esperando! :-)