martes, 30 de diciembre de 2014

Tosta de queso fundido con setas

Últimamente nos ha dado por las tostas. Con estas macrocomidas navideñas, apetecen platos más informales y ligeros para compensar... Hoy os traemos un clásico nuestro, la tosta de queso fundido: sencilla, pero deliciosa. Sólo que esta vez teníamos unas setas a mano, y le hemos dado un toque especial.


Sólo necesitamos un buen pan de pueblo y un buen queso curado que aporte un sabor intenso, como el de Peña Rubia. El resto, un poco de ajo, aceite y tomate en el pan... un toque de pimienta negra... y lo que se os ocurra. En este caso, a esa "receta base" le hemos añadido rúcula y las setas, pero está igualmente delicioso sin ninguno de estos dos ingredientes. Lo que, desde nuestro punto de vista, no debe faltar, es el pan con tomate, ajo y aceite. El ajo en este caso lo consideramos especialmente interesante, pues su combinación con el queso fundido es espectacular...

Elaboración:

Tostar al gusto una rebanada de pan, y a continuación frotarla con un ajo. Untar un tomate maduro, y añadirle un chorreón de aceite de oliva virgen.

En paralelo, cortar lonchas gruesas de un buen queso de oveja curado. La calidad y sabor del queso es fundamental para el resultado. Debe elegirse un queso de sabor intenso pero que al mismo tiempo funda bien. El de Peña Rubia cumple a la perfección con estos requisitos.

Colocar las lonchas de queso sobre la rebanada de pan (en esta ocasión, nosotros hemos añadido previamente una base de hojas de rúcula, pero esto es opcional) y meterlo en el horno a gratinar hasta que funda el queso. Desaconsejamos usar el microondas porque, aunque es mucho más rápido, reblandece mucho el pan, estropeando el resultado.

Cuando el queso esté fundido, espolvorear con pimienta negra molida, y, si se desea, añadir cualquier otro ingrediente que creáis que combinará bien, aunque simplemente con queso ya está delicioso.


En esta ocasión, como teníamos setas a mano, hemos añadido unas setas a la plancha con un poco de sal negra del Himalaya, que quedaban perfectas con la tosta de queso:


¡Sencillo, rápido y delicioso!

Comprar queso de oveja artesano curado Peña Rubia

martes, 23 de diciembre de 2014

Tosta de bacalao ahumado con paté de berenjena

¡Deliciosa esta tosta de bacalao ahumado con paté de berenjena al estilo libanés! Resulta exquisita esta combinación de sabores, ¡y encima se elabora en un momento!



En formato tosta puede servir para una cena informal, o también puede ponerse en canapés más pequeños como entrantes de picoteo para una comida más elaborada, como las de estas navidades… El sabor del bacalao ahumado es suave, por lo que suele gustar incluso a quienes no son muy amantes de otros ahumados de pescado, como el salmón; y el toque del paté de berenjena con sésamo es… ¡hummmm! Espectacular. Bueno, es que este paté es para comérselo a cucharadas por sí solo :-)

Prepararlo no tiene más misterio, pero por si hubiera alguna duda, aquí van los detalles:

Ingredientes:
Pan de hogaza o similar, cortado en rebanadas
Bacalao ahumado
Aceite de oliva virgen extra
Hierbas o pimienta negra para espolvorear

Preparación:
  1. Tuesta las rebanadas de pan a tu gusto.
  2. Cubre cada rebanada con una capa relativamente gruesa de paté de berenjena.
  3. Añade un chorrito de aceite de oliva virgen extra sobre el paté.
  4. Cúbrelo con lascas de bacalao ahumado.
  5. Por último, espolvorea unas hierbas aromáticas (orégano, tomillo…) o un poquito de pimienta negra recién molida.

¡Y a degustarlo, con un buen vino blanco o un cava! Sencillo, sano y delicioso. ¡Ya contaréis!

domingo, 21 de diciembre de 2014

“No me gusta el cava”

¡Cuántas veces habremos oído esta frase! “Es que a mí, no me gusta el cava…”. Hay quien lo dice hasta como con pena, o con vergüenza, ante lo que parece que los demás puedan considerar casi como una afrenta… Pero, aunque lógicamente habrá gente a la que no le guste, creo que a menudo la raíz del problema está en que en España, permitidme que lo diga, habitualmente tomamos muy mal el cava.

En general, cava o champagne son sinónimos de celebración, de vino para brindar. No lo vemos mal, aunque nos parezca algo triste tener que reducir su consumo a que exista un motivo para hacerlo; pero lo peor es que el momento del brindis coincida con los postres, como suele ser habitual, por ejemplo en las cenas de Navidad. Y es que tomar un vino tan seco como el cava tras la comida, el café y los postres, no es una experiencia apta para todos los paladares. ¡Tomado así, lo raro es que le guste a alguien, por muy cara que sea la botella!

Cambiemos ahora el orden radicalmente. Abramos el cava al comienzo de la comida, con los aperitivos y los entrantes. O como acompañamiento de la misma, si su contenido se presta a ello (prácticamente cualquier comida a la que le vaya bien un vino blanco, hará buenas migas con un cava). Si no lo habéis hecho nunca, es posible que descubráis un mundo nuevo. En muchos casos se acabó lo de decir que “no me gusta el cava…” (salvo que sea realmente malo, que los hay…)

Uno de los grandes maridajes clásicos del cava, o del champagne, ha sido siempre con caviar. Pero no hace falta dejarse el sueldo en una lata de caviar beluga para disfrutar de un buen maridaje burbujeante. A nosotros nos encanta el cava con cualquier entrante con mayonesa, por ejemplo. Algo de lo más sencillo… y sin embargo, exquisito. Con una ensaladilla rusa, con unos huevos rellenos, o con unos simples espárragos con mayonesa, el cava hace una pareja ideal. ¡Probadlo si no lo habéis hecho ya, os sorprenderá muy gratamente! También con patés, foie, quesos cremosos o incluso embutidos suaves. Por su sabor, por las burbujas y por ese matiz seco ya comentado, su maridaje suele ser especialmente bueno con alimentos de textura untuosa, grasa, como los ya mencionados (mayonesa, patés, foie, quesos cremosos… o caviar). Pero en general, con una amplia gama de entrantes, el cava suele ser un acompañante perfecto.

Eso sí, como ocurre con casi todos los vinos, conseguir un buen cava requiere esfuerzo y dedicación. De hecho, el proceso de elaboración de un cava es más complejo y trabajoso que el de un vino no espumoso (sin pretender desmerecer en absoluto, que elaborar un buen vino requiere su esfuerzo). Por esta razón, a igualdad de precio es esperable menor calidad en un cava que en un vino no espumoso: no esperéis disfrutar de un buen cava por 5 euros, pero tampoco hace falta acercarse a los 30€ o más de los champagnes. En nuestro país todavía tenemos la suerte de poder encontrar algunos grandes espumosos a partir de la franja de los 10 euros. ¡Aprovechémoslo mientras dure!


¿Nos permitís una sugerencia personal?: Gran Caus Brut Nature Reserva. Un cava especial, de pequeña producción, elaborado con variedades de uva que combinan las autóctonas del Penedés con la Chardonnay característica de la región de Champagne, logrando un matiz diferente que se redondea tras 3 años de crianza en bodega. Un gran cava que no encontraréis en las tiendas habituales, y a un precio excepcional.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Guisantes con butifarra

Mezclar verduras o legumbres verdes con butifarra es una combinación muy sabrosa, una forma diferente de “alegrar” platos de verduras y de disfrutar de una comida y sana, pero llena de sabor.



En Delicias Ibéricas, aunque nos encanta la butifarra, no somos catalanes… por eso, la primera vez que ideamos esta combinación pensábamos que estábamos siendo originales, sin saber que en realidad estábamos reproduciendo un plato típicamente catalán, aunque allí suele hacerse con butifarra negra, o con mezcla de butifarra negra y blanca. Nosotros hemos utilizado en este caso butifarra al huevo, y también debe estar exquisito con butifarra fresca.

La principal ventaja de utilizar butifarra cocida para este plato en lugar de fresca es la rapidez de su preparación, y que puede cortarse en rodajas finas o taquitos muy fácilmente. De esta forma, loncheada y salteada en la sartén, la butifarra cocida resulta muy sabrosa y rapidísima de preparar, combinando de forma excelente con salteados de guisantes, ajetes, judías verdes… Por supuesto, es fundamental utilizar butifarras de calidad elaboradas con magro de cerdo, preferiblemente artesanas, y no las típicas butifarras de supermercado de mediocre sabor y con exceso de grasa.

El resultado es un sabor distinto a los típicos guisantes con jamón o con beicon. La butifarra salteada le da un toque diferente y sabroso, consiguiendo, además, que esos niños poco aficionados a los “ingredientes verdes” en el plato se los coman muchísimo mejor. Comprobado ;-)

Aunque la elaboración es tan sencilla que resulta casi innecesario publicar la “receta”, aquí os la dejo por si alguien tiene alguna duda:

Ingredientes para unas 4 personas:
700 g de guisantes (frescos, congelados o de lata)
200 g de butifarra al huevo (media butifarra si usas la nuestra)
1/2 cebolla
Aceite de oliva
Sal

Preparación:
  1. Si los guisantes son frescos, cocedlos unos 10 minutos en agua hirviendo con sal, y reservad. Si son congelados o de lata, os ahorraréis esta fase y podéis pasar directamente al segundo paso.
  2. Corta la butifarra en lonchas (finas o gruesas, al gusto), y saltéalas en la sartén con un poco de aceite, hasta que se doren por ambos lados. Resérvalo.
  3. Pica la cebolla finalmente y saltéala en la sartén con un poco de sal y un par de cucharadas de aceite, hasta que se ponga transparente.
  4. Añade los guisantes a la sartén y saltéalos un par de minutos junto con la cebolla.
  5. Poco antes de terminar, añade la butifarra que habías reservado.
  6. Servir. ¡Listo!

Se trata de una receta sencilla, rápida y sana, pero llena de sabor… Cuando los productos son buenos, no hay que complicarse mucho la vida para disfrutar con ellos ;-)

lunes, 15 de diciembre de 2014

Flor de Vetus Verdejo: un vino blanco “muy real”

Cuando elegimos Flor de Vetus Verdejo como uno de los blancos que merecían estar en nuestra tienda, principalmente por su calidad intrínseca, pero también, por supuesto, por su gran relación calidad-precio, no sabíamos que estábamos ante un blanco tan “real”.

Hoy, leyendo anécdotas sobre vinos aquí y allá (aficiones que tiene uno; otra de tantas…) hemos visto que éste fue el blanco elegido para agasajar a los invitados de la Casa Real en el cóctel que siguió a la coronación del actual Rey de España, Felipe VI. Junto a otros dos tintos, el Flor de Vetus Verdejo fue el único representante de los blancos españoles en el cóctel real.

No es que quiera decir nada. O sí. Veamos, buenos vinos en España hay tantos, que casi se podría tachar de casualidad. Pero, para que se dé la casualidad en la elección final, primero hay que estar incluido en el selecto grupo de los mejores.

A nosotros no nos hacía falta saber que Felipe VI y sus invitados brindaron con Flor de Vetus Verdejo para reconocerlo como un gran vino blanco y, sobre todo, como un vino excepcional en relación a su bajo precio. A lo mejor precisamente lo eligieron por eso, que con esto de la crisis está la cosa muy achuchá… Bromas aparte, a nosotros ya nos gustaba mucho. Por eso está aquí, en nuestra tienda. Porque no tenemos una amplísima selección de artículos; pero los que hay están cuidadosamente elegidos, os lo podemos asegurar, tanto en alimentación como en vinos. Seleccionados personalmente, poniendo mucho de nosotros en el proceso. Buscando siempre la mejor calidad a precios asequibles.

Por todo ello, porque en cierto modo estos productos cuidadosamente seleccionados por nosotros son con como “nuestros niños”, nos llena de orgullo y satisfacción coincidir con los gustos de Felipe VI. Bueno, o de sus sumilleres. Así que ya sabéis: con Delicias Ibéricas, ahora podéis alardear de beber el mismo vino que se sirvió en la coronación de los Reyes. ¿No os dan ganas de comprarlo para la cena de Nochebuena o Nochevieja y dejar ojiplático a algún cuñado al contárselo…? (Pero callaos el precio… :-)

Comprar Pack de Regalo Enológico "Tricolor" (incluye una botella de Flor de Vetus Verdejo; para quedar "como reyes" :-)

sábado, 13 de diciembre de 2014

La temperatura de servicio en los vinos

Disfrutar adecuadamente de un buen vino no tiene grandes secretos, pero si tuviéramos que nombrar los principales requisitos básicos para que la experiencia sea óptima, podríamos distinguir tres, probablemente por este orden: temperatura, oxigenación (u oxidación, en el peor de los casos) y tipo de copa. Iremos hablando de todo ello en sucesivas entradas del blog, pero hoy nos vamos a centrar en el primero y probablemente el más conocido, aunque también el más crítico: la temperatura.
 
Afortunadamente, creo que ya casi todo el mundo sabe más o menos a qué temperatura debe tomarse cada vino, pero la verdad es que todavía se observan también muchos errores en esto de las temperaturas de servicio, incluso en muchos restaurantes que te cobran un pico por la botella y que, precisamente por ello, deberían cuidar mucho más un detalle tan básico.
 
Para empezar, diremos que esto no es una ciencia exacta, y que no es cuestión de tener que medir la temperatura del vino con un termómetro: ni de los que se introducen en la botella ni de esos exteriores “de juguete”, hechos de cristal líquido y casi más imprecisos que el tacto... Olvidaos de cachivaches innecesarios, la temperatura adecuada para el vino se mide bastante bien “al tacto”, tocando la botella, y, por último, con el primer trago. Claro que, llegado este último momento, el margen que tendremos para corregir la temperatura será ya pequeño, pues normalmente para entonces lo que querremos ya será beberlo…
 
Una creencia generalizada es que el vino hay que tomarlo “a temperatura ambiente”. En fin… ésta es una afirmación correcta si disponemos de una bodega subterránea en casa, con una temperatura prácticamente estable a lo largo de todo el año. Lamentablemente, yo no tengo una, y me temo que la mayoría de vosotros, tampoco. Y, en nuestro país, salvo contadas excepciones, la “temperatura ambiente” puede tener oscilaciones de hasta 30ºC (o más) a lo largo del año. ¿Supone eso de la temperatura ambiente que debemos tomarnos el vino a 4ºC en invierno y a 30ºC en verano? Me temo que no… Sin embargo, todavía encuentras sitios en los que te plantan la botella de vino en un restaurante, en pleno agosto, recién sacada del almacén. ¿Será por eso que algunos a los vinos les llaman “caldos”?
 
Repito, no se trata de medir la temperatura, pero sí de conocer qué grado de “frescor” le va bien a cada vino. ¿Y qué quiere decir eso de “le va bien”? Pues nos referimos a la temperatura a la cual disfrutaremos mejor de su consumo, la temperatura a la que percibiremos mejor sus diferentes matices, sus aromas, y sin que los vapores etílicos sean molestos; la temperatura, en fin, a la cual presente las mejores características organolépticas, si nos ponemos en plan “fino”. Una temperatura que, más o menos, oscilará entre los 10 y los 20ºC, según el vino (algo menos para los cavas, unos 6ºC).
 
En general, ya sabemos que los blancos se suelen servir más frescos que los tintos, y los vinos jóvenes más frescos que los de crianza o reserva. Pero, una vez establecido este criterio general, y enmarcados en ese rango de temperaturas que comentábamos, lo cierto es que cada vino tiene sus características particulares y su temperatura óptima de consumo, en la cual se muestra más “expresivo”. Con la práctica, vamos sabiendo a qué temperatura más o menos debemos tomar cada vino sin necesidad de termómetros, aunque, por supuesto, si tenéis la suerte de disponer de un armario refrigerado especial para vinos (que ya están a precios muy asequibles), podéis olvidaros de todo esto.
 
Enfriar el vino
 
Dentro de las falsas creencias que aún persisten, está la de que nunca debe enfriarse un vino tinto. Esto quiere decir que si nos plantan un “caldito” encima de la mesa, tendremos que aguantarnos, porque enfriarlo “es pecado”. Pues lo confieso: soy un pecador.
 
A ver, una cosa es que al vino no le vengan bien los cambios de temperatura, ni las temperaturas extremas, y otra cosa es que no podamos corregir la temperatura del vino en el momento de servirlo a la mesa. Lo primero hace referencia principalmente al almacenamiento del vino, a su estabilidad en el tiempo. En ese sentido, lo mejor para un vino es estar en bodega, a temperatura fresca y constante y con mínima luz; por esta razón también, el almacenaje en nuestra casa deberíamos hacerlo en las condiciones más próximas a éstas que podamos. Si lo conseguimos, además, tendremos la suerte de llevarlo a la mesa ya en condiciones óptimas de temperatura, pero lamentablemente no todos tenemos sótanos frescos o armarios para vinos; en este caso, aparte de recomendar no mantener los vinos en casa por largo tiempo (porque en esas condiciones, se irán viendo afectados negativamente poco a poco), lo que tendremos que hacer es corregir su temperatura poco antes de llevarlo a la mesa.
 
En ese momento, pueden ocurrir dos cosas: que esté demasiado caliente o que esté demasiado frío. Si está demasiado frío tiene mal remedio, pues no podemos hacer más que esperar a que se vaya templando a temperatura ambiente, un proceso que puede requerir más tiempo del que estemos dispuestos a esperar (sobre todo, si lo hemos abierto ya justo para la comida). Pero no es frecuente que un vino que tengamos en casa esté demasiado frío, salvo que estuviera caliente inicialmente y nos hayamos pasado enfriándolo, algo que debemos tener cuidado de evitar.
 
Y si está caliente, no es ningún pecado refrescar el vino, aunque todavía se encuentre a quien lo califica de aberración. Para mí, aberración es tomárselo como si fuera un caldo. En esas circunstancias, un ratito en una cubitera con hielo (o mezcla de hielo y agua) o enfundado en unos de esos enfriadores flexibles, por lo general nos dejará el vino en condiciones óptimas en pocos minutos. ¡Sí, no tengáis reparo en meter un tinto en una cubitera con hielo si está demasiado caliente! Eso sí, hacedlo con precaución y sacadlo en cuanto alcance su punto óptimo, o acabaremos tan mal o peor que al principio, si terminamos por dejarlo helado… De todas formas, si planificamos con algo más de tiempo, podremos corregir la temperatura del vino de forma más suave y controlada, como sacándolo media o una hora antes a una terraza, si estamos en invierno, siempre que la temperatura exterior no sea extrema, y controlando de vez en cuando “a mano” cómo va evolucionando, no vayamos a pasarnos…
 
Blancos fríos
 
El otro error frecuente, junto a los tintos servidos “a temperatura ambiente” en pleno agosto, es el de los blancos helados. Reconozco que tomarse una manzanilla bien fría en Sevilla en verano, con el aperitivo, es una experiencia grata y refrescante, pero no es la mejor forma de degustar el vino. Si queremos disfrutar de verdad los aromas del vino, debemos evitar llegar a esas temperaturas “de frigorífico”, incluso en blancos jóvenes. Por supuesto, dejo aparte los blancos con crianza, que en cuestión de temperatura son más próximos a los tintos.
 
Personalmente en cuestión de blancos jóvenes soy más flexible, pues reconozco que a muchos nos gustan algunos de estos vinos “bien frescos”. Pero si el vino es realmente bueno, es una pena enfriarlo tanto, porque no apreciaremos sus virtudes. Por ejemplo, igual que he dicho que una manzanilla bien fría puede ser agradable, si estamos ante una manzanilla corriente, servir demasiado fría una exquisita manzanilla pasada lo considero casi un crimen: los buenos vinos son para degustarlos, para disfrutarlos, y la baja temperatura “mata” la mayor parte de los aromas. No quiere decir esto que no se deba tomarlos frescos; es, simplemente, que no lleguen a estar helados.
 
Por otro lado, debemos tener presente siempre que si estamos ante un vino que “necesita” estar helado para que podamos beberlo, podemos estar prácticamente seguros de algo: que, de bueno, tiene poco. Salvo que sea un cava, que esos sí conviene tomarlos bastante frescos. Por cierto, que eso me recuerda lo mal que solemos consumir los cavas en las cenas familiares por estas fechas… Pero en fin, esa es otra historia…


miércoles, 10 de diciembre de 2014

Emperador a la plancha con chutney de higos y mango. Alta cocina con el mínimo esfuerzo.

Hay que probarlo para creerlo. Porque parece increíble que el simple hecho de añadir una cucharada de salsa (¡pero qué salsa!) a un filete de emperador a la plancha, lo convierta en un exquisito plato de alta cocina digno de cualquier restaurante de alto standing. ¿No lo creéis? No me extraña, porque parece increíble… pero hacedme caso y probadlo: no querréis volver a comer el pescado solo (y quien dice solo dice con verduras, o con patatas…).



En realidad, ¿qué es lo que hace especiales los platos de un restaurante de alta cocina? Por supuesto, la calidad de los ingredientes es básica, pero eso solo no basta. Lo que diferencia un plato de alta cocina del que la mayoría de nosotros haría en casa con la misma materia prima, suelen ser los pequeños detalles: la presentación, las salsas, las especias, los “toques secretos”… eso es lo que diferencia un plato gourmet de un triste filete a la plancha.

El de hoy es uno de esos ejemplos: acompañado de este exquisito y delicado chutney de higos y mango, un simple filete de emperador se ha convertido en uno de los platos más deliciosos que hemos probado últimamente. ¡En serio! El aroma, el sabor combinado del pescado con esta delicadísima salsa de frutas, agridulce y especiada, da un resultado…. ¡simplemente sublime!

La foto no le hace justicia, porque tenemos que reconocer que ni la decoración de los platos ni las fotos son lo nuestro… pero, aunque parezca exagerado, su sabor ¡es como tocar el cielo! Una verdadera delicia, digna de los paladares más exigentes, preparada sin más esfuerzo que pasar el filete por la plancha y abrir el frasco de chutney… ¡Ya nos contaréis, si os decidís a probarlo!


domingo, 7 de diciembre de 2014

El sabor de lo auténtico: queso con sabor “a pueblo”

La mayoría de los que leeréis esto seréis, como nosotros, gente “de ciudad”. Pero quizás los más veteranos recordéis una infancia en la que aún se iba los veranos “al pueblo” (al de los padres o los abuelos), en una España todavía predominantemente rural, con su pastor y sus rebaños de ovejas, sus boinas y sus “¿y tú de quién eres?”.

Hoy, nuestros hijos con suerte han visto vacas y ovejas en el zoo, y creen que la leche de vaca es semitranslúcida, inodora, insípida y sale de la vaca ya desnatada. Sin duda, la España de hoy ha mejorado muchísimo con respecto a la de hace 30 ó 40 años, pero también hemos perdido cosas. Entre otras, hemos perdido sabor.

Se repite tanto que parece un tópico, pero es cierto que hoy los tomates ya no saben a tomate, que los huevos fritos han dejado de ser un sencillo manjar para hacerse insípidos, y que la leche no sabe a nada aunque compremos la más cara del supermercado.

¿Recordáis esa leche que vendían a granel en los pueblos, y que sabía “a vaca”? No había otra forma mejor de expresarlo, aunque nunca hubiéramos lamido una. ¡Si hasta olía toda la cocina “a vaca” cuando la calentabas en el cazo! (los microondas no existían…).

Pues fue como revivir todo aquello cuando, muchos años después, probamos el queso del que queremos hablaros hoy, y que hemos seleccionado precisamente por su sabor “a antaño”.

En Delicias Ibéricas nos encanta el queso, y los hemos probado exquisitos, nacionales y extranjeros, de vaca, cabra y oveja. En muchos sitios hay buenos quesos, pero cuando probamos el de PeñaRubia, no se trató de que fuera bueno o mediocre: es que fue como recordar unos sabores que ya habíamos olvidado. Fue como volver a ser niño otra vez y viajar al pueblo. Como la experiencia de saborear la leche de vaca “auténtica” después de haber probado “la de botella”. Aquel queso sabía “a oveja”. Sabía “a pueblo”. No cabía duda: no sólo era un queso realmente bueno, es que era “auténtico”.

Muchos se sorprenderán si les decimos que este queso se fabrica en una pequeña quesería artesanal de un pueblo de la sierra de Madrid. A pocos kilómetros de la gran ciudad, parece increíble que aún queden ovejas que se alimentan de pastos y que dan una leche “con sabor a pueblo”. Y aún quedan artesanos que, ajenos a la industria y el comercio que les rodea, se dedican con pasión al viejo oficio de fabricar quesos “de verdad”, al estilo tradicional y de forma totalmente natural para producir un queso que sabe… ¿a queso? Nadie lo diría después de años de probar decenas de quesos de oveja, pero sí, supongo que éste es el verdadero sabor del queso de oveja. Un sabor que prácticamente ya habíamos olvidado, y que enamora desde el primer bocado. Un queso con “sabor rural”. No es un queso fuerte, pero sí tiene un aroma intenso. A leche pura de oveja. A pueblo.


Hasta ahora, a todos los que conocemos que lo han probado, les ha encantado. En algún foro gourmet hay quien menciona este queso entre los mejores de España. Es difícil decirlo, hay decenas de quesos exquisitos en nuestro país; pero éste es, sin duda, uno de ellos. Y diferente. Sorprendente. Porque nos redescubre el sabor “a pueblo”, el sabor de lo auténtico. Esperemos que estos sabores nunca se pierdan, aunque haya que rebuscar duro para encontrarlos…

sábado, 29 de noviembre de 2014

Descubriendo la butifarra

Aunque la mayoría creemos conocerla, en gran parte de España la verdadera butifarra es una gran desconocida. O, lo que es peor, a menudo es una “falsa conocida”, si lo que hemos probado es alguno de esos productos que se venden en supermercados con el nombre de “butifarras” y que sólo sirven para quitar las ganas de repetir la prueba. Una pena, porque, en nuestra opinión, este embutido es una más de las muchas joyas de la gastronomía española.

Aunque considerada generalmente como producto regional típico de Cataluña, la butifarra o longaniza (nombre con el que se la conoce en otras regiones) está extendida también por Aragón, Comunidad Valenciana y Baleares. Se trata de un embutido realizado básicamente con magro de cerdo (primera gran diferencia con esas butifarras industriales llenas de grasa que uno encuentra a la venta en muchos supermercados), sal y pimienta. La butifarra no es una salchicha gorda, ni se le parece: tiene personalidad propia, y, si es artesana y de calidad, un sabor exquisito y bien diferenciado.

La gama de butifarras existentes es amplísima, aunque básicamente podemos dividirla en dos grandes grupos: las frescas y las cocidas. Las cocidas, a su vez, pueden ser blancas (sin más añadidos), con huevo, o negras (con sangre de cerdo, cebolla y otros ingredientes, convirtiéndola en una especie de híbrido entre butifarra y morcilla), y pueden ser consumidas directamente, sin más preparación, o bien en rodajas a la plancha, salteadas con verduras (guisantes, judías verdes, ajetes…), en revueltos o en tortilla, o incluso añadiéndolas a guisos, como suele hacerse con el chorizo.

Pero hoy queríamos centrarnos en la butifarra fresca. Un producto que resulta exquisito hecho a la brasa. Una butifarra artesana, de calidad, asada en la barbacoa y acompañada de una ensalada de pimientos rojos o, mejor aún, de una escalivada (¡si las verduras se han asado también a la brasa, ya es para morirse de gusto!) y un buen vino, constituye una comida de auténtico lujo por muy poco dinero. No hace falta complicarse más la vida para disfrutar el placer de una comida exquisita. Y además gusta tanto a mayores como a pequeños…

Este fin de semana en Delicias Ibéricas hemos querido darnos uno de estos pequeños homenajes. A la plancha en vez de a la barbacoa (qué le vamos a hacer, cosas del otoño…) pero acompañadas de una escalivada (ésta sí, hecha a la brasa, rescatada del congelador en el que reposaba con mimo como reliquia del verano) y de un Barbazul, ¡hoy ha sido comida de fiesta!

Y es que los mayores placeres a veces están en lo más sencillo…

Vinos recomendados: Barbazul, Petit Caus, Pardas Negre Franc o Castell del Remei Oda son cuatro estupendos vinos de autor que combinan magníficamente con barbacoas, carnes a la brasa o esta propuesta de hoy de butifarra a la brasa (o a la plancha) con escalivada.

martes, 25 de noviembre de 2014

Galletas de parmesano con paté de berenjena

Si el paté de berenjena al estilo libanés es ya una exquisitez por sí solo, combinado con estas galletas de parmesano cuya receta os traemos hoy, el resultado es ya de vicio.


¿Habéis probado alguna vez  el baba ganush, esa exquisitez de la cocina árabe que se come con pan de pita, generalmente como entrante? Pues en eso consiste nuestro paté de berenjena, una exquisita crema de berenjenas asadas, sésamo, ajo y aceite, tan aromática y suave que resulta casi embriagadora. Lo habitual es comer esta crema o paté sola, untada en pan de pita (con tortillas mejicanas de trigo o maíz también resulta exquisita), aunque también resulta delicioso como acompañamiento de carnes: unos tacos de solomillo de cerdo asados o a la plancha servidos en un plato sobre el que se ha extendido una capa de este paté de berenjenas, da como resultado un plato de lujo y de sabor exquisito.

Pero hoy vamos a hacer algo sencillo, y a la vez divertido: galletas de queso parmesano, que acompañaremos con este delicioso paté.

Las galletas de parmesano son una riquísimas galletitas saladas, ideales para el aperitivo o la merienda, con un intenso sabor “a Italia”, a delicioso queso parmesano. Resultan ideales con una cerveza o un vino blanco, ¡y los niños las devoran!

Además, son sencillísimas de hacer. Aquí está la receta:

Ingredientes:

  • 250 g de harina
  • 175 g de mantequilla
  • 250 g de queso Parmesano rallado (Grana Padano también sirve)
  • Sal y pimienta al gusto

Preparación:

Fundir la mantequilla y mezclar con el queso rallado. A continuación, añadir la harina, la sal y la pimienta y amasar suavemente.

Estira la masa sobre la mesa con un rodillo (en su defecto, una botella o lo que tengas a mano) hasta dejarla con un grosor de unos 3-5 mm (menos de medio dedo, aunque depende del gusto de cada uno).

Corta la masa en pequeñas porciones con un molde para galletas o, si no tienes, con cualquier utensilio que se te ocurra (un tapón de plástico de boca grande, una copa estrecha puesta boca abajo…); o, simplemente, corta la masa en cuadraditos con un cuchillo.

Extiende todas las galletitas sobre una bandeja y ponlas a hornear unos minutos en el horno precalentado a 180ºC, hasta que estén doradas.

¡Y listo! Sácalas del horno y déjalas enfriar (preferentemente sobre una rejilla).


Cuando vayas a consumirlas, extiende un poquito de paté libanés de berenjenas sobre cada una, o sírvelas con el paté por separado para que cada uno se ponga a su gusto. ¡Simplemente delicioso, garantizado!

martes, 18 de noviembre de 2014

Gelée de vermut rojo; o cómo convertir unas humildes aceitunas en un plato de alta cocina

Domingo a media mañana. Unos amigos vienen a casa. Les ofrecemos unas cervezas, o quizás una manzanilla (¡de Sanlúcar, no una infusión!), y pensamos en qué sacarles para picar. Con unas simples aceitunas y un poco de gelée de vermut rojo quedaremos como reyes.



Algunas de las preguntas que más nos hacen en relación con nuestros productos tienen que ver con los gelées y con los chutneys. ¿Qué son, y cómo podemos utilizar cada uno de ellos?  Hoy nos centraremos en los gelées.

Un gelée es la forma de convertir en alimento sólido un sabor normalmente ligado a un líquido. Podríamos decir que un gelée es la solidificación de un vino o de una salsa, atrapando en un bocado todo el aroma y el sabor del líquido original. Una transformación que nos abre todo un mundo de posibilidades en nuestra cocina.

En los últimos años se ha ido perdiendo la tradición del vermut para el aperitivo, pero pocos son los que no se sienten seducidos por su sabor, acompañado de una aceituna. Y eso es justamente lo que os proponemos hoy para acompañar esas cañas domingueras matutinas: una tapa de aceitunas cubiertas por una sutil capa de gelée de vermut rojo. O, si tenéis tiempo y paciencia, en lugar de extender el gelée sobre las aceitunas, rellenad cuidadosamente el hueco de cada aceituna (sin hueso) con un poquito de gelée; el efecto será mucho más elegante.



Con cada aceituna, la mezcla de sabores estalla en la boca: la de la oliva fundida con el sabor del vermut artesano. Un aroma intenso y hoy casi olvidado, degustado de un modo que no satura a los paladares modernos, poco habituados quizá a este sabor del vermut: combinado con la cerveza, o con una manzanilla, la aceituna con gelée de vermut se convierte en un bocado exquisito y original. Un aperitivo de alta cocina, con el que sorprender a vuestros invitados o, simplemente, daros un capricho, que para algo es domingo.

Y no sólo para los aperitivos domingueros: como parte de esos entrantes que a menudo colocamos en la mesa como anticipo a las grandes comidas de celebración, unas tapas de aceitunas con gelée de vermut serán un éxito seguro. ¿Verdad que es una forma de lo más sencilla de quedar como reyes?

Por supuesto, podéis probar miles de combinaciones alternativas: simplemente sobre una  pequeña tosta de pan, o acompañando a unas lonchas de queso fresco, o, si sois atrevidos, salpicando pequeños trocitos aquí y allá sobre una ensalada… El sabor del vermut lo cambia todo, ¡sólo es cuestión de echarle imaginación!

Otro día hablaremos del gelée de Pedro Ximénez, el compañero perfecto de las carnes y los quesos de cabra… ¡Nos vemos!